El Estado de las Autonomías es un buen ejemplo. ¿Alguien puede sostener que los estatutos catalán, vasco o gallego no se realizaron de acuerdo a la libre voluntad de la soberanía popular radicada en las Cortes Generales? ¿Piensa a alguien que los residuos del franquismo estaban felices con la Constitución del 78, con la Ley de Amnistía y con los estatutos de autonomía?
El franquismo sociológico y político estuvo avergonzado y escondido hasta la llegada de José María Aznar a la política nacional. Piénsese en aquellos años de gobiernos de Felipe González en las que nunca el franquismo hizo eclosión.
Ocurrió que al llegar José María Aznar a la política inició una revisión de la transición que envalentonó a la derecha sumergida y la hizo reaparecer, tomando un espacio que ahora se niega a abandonar.
Pero seamos rigurosos con los hechos y sus protagonistas.
Primero: ¿cómo llegó Aznar al poder? En 1993 se produjo una enorme decepción en la dirigencia popular. Aquella noche electoral salieron los mismos que berrean hoy a denunciar un pucherazo electoral. La mentira era tan burda que no la pudieron sostener ni unos minutos más. Y a partir del día siguiente de la constitución del gobierno democrático de Felipe González se inició una conspiración en toda regla para desalojarle del poder.
Y, segundo: ¿Quiénes estaban en aquella conspiración? En primer lugar José María Aznar que no estaba dispuesto a esperar cuatro años para ir a La Moncloa. Pero hacían falta más mimbres y los hubo: en primer lugar, el sindicato del crimen. Un grupo de periodistas de distintos medios de comunicación, a la cabeza de los cuales estaban Pedro J. Ramírez –ahora periodista de cámara de José Luis Rodríguez Zapatero-, Luis María Ansón, Pablo Sebastián, el fallecido Julián Lago, Raúl del Pozo, etc. Para las hemerotecas está la famosa foto de Marbella en la que también ponía su granito de arena el premio Nóbel, Camilo José Cela.
Pero hacía falta tener el aparato judicial engrasado para acabar con aquel gobierno democrático. Entonces, el magistrado Baltasar Garzón, que se había presentado como número dos en las listas electorales de Madrid, salió despechado del Ministerio del Interior, donde aspiraba al cargo de ministro, entregó su acta de diputado. Nunca olvidaré –ya lo he publicado en varias ocasiones- la conversación que tuve en el Hotel Villamagna de Madrid, el mismo día que acudió a La Moncloa para decirle “sí” a Felipe González en su oferta como número dos de Madrid. Le dije al magistrado, “sabes que Felipe te está utilizando como símbolo contra la corrupción y cuando gane no va a darte nada de lo que te ha prometido”. El magistrado me contestó: “Felipe no puede hacerme eso, porque él sabe todo lo que yo sé”. Me quedé impactado con la respuesta del juez. Luego lo entendí todo. Lo he publicado varias veces. Nunca he conseguido que el juez se querelle contra mí porque me hubiera encantado un careo sobre aquellas conversaciones.
Volvió a la Audiencia Nacional, rescató los papeles de Segundo Marey cuando estaba a pocos días de prescribir el caso, y se organizó la trama judicial contra Felipe González.
Las reuniones en el despacho de Pedro J. y en el de Baltasar Garzón con el ex policía Amedo condenado después por asesinato, dictando por colleras el sumario reabierto, fueron antológicas. Entonces muy pocos sectores de la izquierda denunciaron la confabulación de la Justicia, cuya punta de lanza era Garzón, pero no sólo Garzón, con lo más siniestro del periodismo nacional que todavía sigue activado, y con las fuerza de choque del PP: piensen en Francisco Álvarez Cascos, Federico Trillo, Luis Ramallo: azote del gobierno socialista. Se organizó una auténtica cacería de los ministros socialistas cuyo objetivo, no conseguido, fue procesar al presidente constitucional del Gobierno de España. ¿Dónde estaban entonces quienes pretendían impedir el regreso del franquismo sociológico a España? ¿La Justicia de entonces, era menos franquista que la de ahora? El juez que colaboró en la llegada de la derecha a este país, ¿es ahora abanderado del antifranquismo? A mí me da la impresión de que hacer las cosas tan elementales es una trampa para aliviarse de las transformaciones que necesita la izquierda española.
La mayor parte de los intelectuales de este país cayeron en la trampa. La ecuación era muy sencilla: denunciar la operación judicial y política contra Felipe González era arrostrar el desprestigio de pasar por ser defensores del GAL. La trampa era impecable y muchos intelectuales que presumían de ser de izquierda cayeron en ella. Son los que siempre se miran al espejo porque sólo les interesa la imagen que se proyecta de ellos; hacer frente a posiciones impopulares, por su complejidad de pensamiento, es un deporte que tiene muy pocos adeptos.
El Tribunal de Estrasburgo ha determinado con toda claridad que Baltasar Garzón no estaba habilitado para instruir aquel proceso. No había imparcialidad posible en quien actuaba contra sus antiguos compañeros de partido; pero a muy poca gente pareció importarle. Pero la resolución del Tribunal de Derechos Humanos ha sido tardía, cuando todo el daño estuvo hecho.
Se produjo la paradoja, que todavía no está contada en todos sus detalles, el secuestro de Segundo Marey, obra del grupo controlado por Ricardo García Damborenea y San Cristóbal, desde Bilbao, que fueron puntal de apoyo de la estrategia política de José María Aznar, a quien el primero llegó a apoyar en mítines públicos. ¡Qué mezcla para qué fin¡
Otra paradoja. José Barrionuevo y Rafael Vera pusieron fin al terrorismo de Estado que llevaba actuando en España desde la época de la dictadura. No hubo ningún interés ni en Baltasar Garzón ni por supuesto en el PP ni en sindicato del crimen de investigar todos los muertos ocurridos en las épocas de Manuel Fraga, y los demás ministros de la UCD, en la que tuvieron que ver otras personas que están en el Partido Popular. Muchos más asesinatos de los que también ocurrieron en la época socialista; lo que pasa que aquellos no tenían utilidad política y los de la época de González sirvieron para derrocar su gobierno.
Con la victoria de José María Aznar hizo eclosión el franquismo agazapado. Los intelectuales de cabecera de Aznar y Mayor Oreja reabrieron la lectura histórica de la dictadura y dieron alas al tardofranqismo instalado hasta nuestros días. Muchos de ellos directamente financiados desde el Ministerio de Interior y desde la Presidencia del Gobierno.
Por último, la Ley de Memoria Histórica, que en principio estaba diseñada para cerrar todas las deudas pendientes con los herederos de las víctimas del franquismo, no ha servido prácticamente para nada. Pero pocos de los que protestan estos días quieren dirigir la mirada al presidente del Gobierno, que una vez más se hizo la foto y no realizó el trabajo pendiente. Lo urgente hubiera sido dotar de medios y de procedimientos legales para que los desenterramientos y la localización de las fosas comunes se hubieran hecho con toda celeridad. Es más fácil crear un mito que pedir responsabilidades.
Los hechos son tozudos y no son intercambiables. Ahora casi nadie quiere recordar que palancas utilizó José María Aznar para llegar a La Moncloa, pero sólo hay que visitar la hemeroteca para comprobar que nada de lo que aquí está escrito es mentira.
Convendría no desprestigiar la Ley de Amnistía, porque costó muchas vidas humanas de manifestantes que llevaron la pancarta para reivindicarla. Gracias a la Ley de Amnistía se vaciaron las cárceles de presos antifranquistas y se cerraron los sumarios del maldito Tribunal de Orden Público. Una ley hecha para beneficiar a los demócratas y no a los golpistas, que se vieron beneficiados como una reacción colateral. Antes de tumbar la Transición, convendría que se formularan propuestas para que el futuro fuera transitable, la izquierda rica en ideas y la extrema derecha expulsada del panorama político. Esa es la responsabilidad de nuestros gobernantes, como lo es la reforma de la Justicia. Lo demás es tirar piedras al sol. (Continuará)
Carlos Carnicero es periodista y analista político